
OBJETIVO:
“Valorar la importancia y el lugar privilegiado de la Santísima Virgen María en la Sagrada Escritura y en la Iglesia, para incrementar nuestra admiración, cariño e imitación hacia Ella, invocándola como Madre, Intercesora y Guía”.
1.- ORACIÓN INICIAL
Oración por la Misión Diocesana de Predicación Kerygmática.
2.- DIOS NOS HABLA
Introducción.
¿Quién puede negar la importancia que María debe tener
y tiene en la vida de la Iglesia, tanto universal y para nosotros aquí
en nuestra Arquidiócesis? Un signo de ello son los numerosos Templos
y Parroquias dedicados a María en sus distintas advocaciones; así
mismo, tanto en la arraigada devoción que nuestro pueblo le profesa y
manifiesta en sus festividades, como en el cuidado que tiene para honrar alguna
de sus imágenes en sus hogares. Recordemos, los títulos de respeto
con que solemos dirigirnos a Ella: Madre de Dios y de todos los hombres, Señora
y Reina nuestra, Virgencita, Santa Patrona, etc.
Haremos una reflexión que nos permita comprender la misión de
María en la historia de salvación. Nos detendremos, de manera
especial, en algunos pasajes de la Sagrada Escritura, particularmente de los
Evangelios que hacen referencia a Ella.
a) María, Madre del Hijo de Dios.
La Anunciación de María inaugura la plenitud de los tiempos (Cfr.
Gál 4,4), es decir, el tiempo del cumplimiento de los preparativos y
de las promesas. María es invitada a concebir a Cristo hecho hombre en
quien habita la plenitud de la divinidad (Cfr. Col 2,9). La respuesta divina
a su pregunta: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco
varón?” (Lc 1,34) se dio mediante el poder del Espíritu:
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35).
La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada
a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar y fecundar
el seno de la Virgen María. Él es el Señor que da la vida,
y hace que María Santísima conciba al Hijo Eterno del Padre en
una humanidad tomada de la suya.
El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la
Virgen María, es “Cristo”, es decir, el Ungido por el Espíritu
Santo desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación
no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores, a los magos, a Juan Bautista,
a los discípulos. Toda la vida de Jesucristo manifestará “cómo
Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10,38).
Al anuncio de que Ella dará a luz al Hijo del Altísimo sin conocer
varón, por la virtud del Espíritu Santo, María respondió
con la obediencia de la fe, segura de que nada hay imposible para Dios:“He
aquí la esclava del Señor: hágase en mí según
tu Palabra” (Lc 1,38). Así, dando su consentimiento a la Palabra
de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando
de todo corazón la voluntad divina de la salvación, sin que ningún
pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la
persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con Él,
al Misterio de la Redención.
Ella, en efecto, como dice san Ireneo, por su obediencia fue causa de la salvación
propia y de la de todo el género humano:“El nudo de la desobediencia
de Eva lo desató la Virgen María por su fe”. Comparándola
con Eva, llaman a María: Madre de los vivientes, “la muerte vino
por Eva, la vida por María”.
b) María servidora alegre.
En Lc 1,39-45, se nos narra la visita de María a Isabel. Una de las dimensiones
principales de esta visita es la “actitud de servicio de María”,
actitud que encontramos en la participación de María en las Bodas
de Caná (Cfr. Jn 2,1-11). Esta virtud-actitud Jesús recomendará
expresamente tanto con sus palabras como con su vida toda: “El Hijo del
hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en redención
de muchos” (Mt 20,28). Esto lo fijó en la mente de sus discípulos
al lavarles los pies, momentos antes de la Última Cena (Cfr. Jn 13,1-20).
Y muy junto con el servicio viene la alegría. La primera palabra con
que el ángel se dirige a María (Cfr. Lc 1,28) dice literalmente
en el original griego “alégrate”. Sin embargo, aunque suele
traducirse sencillamente como un saludo ordinario, hemos de entenderlo mejor
como una invitación, una exhortación a la alegría.
Resumimos las manifestaciones de gozo y alegría de María en:
* La presteza con la que se dirige a visitar a su prima
* El tono y las palabras de su canto, el Magnificat
* El ambiente en el que María pronuncia el amén.
El Evangelio es un mensaje que proclama la salvación y la va produciendo
en quien la escucha y guarda en su corazón. Los sentimientos y convicciones
que María transmite, no son de resignación triste y pasiva; sino
de alegría emprendedora, creativa y transformadora. Estos sentimientos
pueden indicar la medida de la profundidad de nuestra fe y de nuestro cristianismo,
porque no se trata de una alegría y de un servicio fácil y superficial.
La pasión de Jesucristo presente en todos los sufrimientos humanos es
también una realidad actual; Sin embargo, ante todo problema, el hombre
de fe tiene una profunda esperanza alegre, fruto de la presencia del Dios providente.
c) María aprende a madurar como discípula de su Hijo.
Hacia el final de la narración de la pérdida y el hallazgo de
Jesús en el Templo, nos dice San Lucas: “Mas ellos no entendieron
las palabras que (Jesús) les habló” (Lc 2,50).
Uno de los rasgos más característicos y más dolorosos de
nuestra experiencia consiste en no poder comprender. Cuando vemos la relación
clara entre lo que deseamos alcanzar y los medios que nos conducen a ello, no
nos importa que dichos medios nos exijan sacrificios y aún padecimientos.
Pero cuando padecemos algo sin saber por qué ni para qué, cuando
las cosas pierden su transparencia, cuando todos nuestros esfuerzos parecen
infructuosos y sin sentido, entonces el sufrir se vuelve más agudo y
nos amenaza la desesperación.
María nos acompaña en estas regiones oscuras de la existencia,
también de la existencia cristiana. Ciertas maneras de presentar a María
nos llevarían a situarla más allá de cualquier incomprensión,
en una nube fuera de todo conflicto. Sin embargo, Ella no comprendió
estas palabras de Jesús su Hijo. Los planes de Dios no siempre le eran
patentes de principio a fin. También tenía que ir descubriendo
su voluntad, a través del acontecer de la historia; y debería
aceptarla sin que la comprendiera del todo. María, nuestra madre en la
fe, en algunas circunstancias avanzó también con falta de claridad.
María siempre reflexionó los acontecimientos a la luz de la Palabra
de Dios a fin de comprenderlos más profundamente. Un fruto claro de esta
meditación lo tenemos, en el Magnificat que expresa vivamente la esencia
de la fe del pueblo elegido. Hay, además, dos pasajes en los que Lucas
nos habla expresamente de la costumbre que María tenía de conservar
todos los sucesos en el corazón para allí irlos meditando (Cfr.
Lc 2,19; 2,51).
Para el pensamiento hebreo el corazón era el lugar y sede de: los recuerdos,
proyectos, pensamientos, pasiones, razonamiento, emociones, convicciones y sentimientos.
El corazón designa toda la personalidad humana, consciente, inteligente
y libre. En este sentido, Jesús nos dice que:“De la abundancia
del corazón habla la boca” y que del corazón provienen los
frutos buenos o malos que el hombre produce. (Cfr. Mc 7,17-23).
María Santísima meditaba en su corazón todos los sucesos
de su vida y de la historia de su pueblo, y con los ojos y oídos bien
abiertos a las dos fuentes fundamentales de la Palabra de Dios: La Sagrada Escritura
y La realidad, los hechos de cada día. Así día a día
va descubriendo en todo lo que sucede, el cumplimiento de la Palabra. La Escritura
ilumina la vida cuando se escucha, cuando se guarda en el corazón y el
resultado es que la vida va haciendo que la Escritura se encarne, se vuelva
el testimonio propio.
d) María alaba al Señor.
El cántico del Magnificat (Cfr. Lc 1,46-54) es una expresión auténtica
del corazón de María. Este cántico se abre con una entusiasta
alabanza a Dios. María sabe reconocer la presencia y la obra de Dios
en la historia humana, en la suya personal y en la de todo su pueblo. Dios realiza
su obra ordinariamente a través de los hombres y el corazón del
creyente sabe reconocer la fuente última, aquél a quien Jesús
nos enseñó a llamar Padre y que es, al mismo tiempo el Señor.
Habiéndolo reconocido, prorrumpe en alabanza. Esta alabanza es no sólo
para gloria de Dios, sino que manifiesta también el crecimiento y la
realización de lo humano. Esta alabanza al Señor constituye el
fundamento sólido de la alegría de María. Ella “se
alegra en Dios su Salvador”.
e) María, la mujer fuerte ante el dolor.
La crucifixión ocupa un lugar central en la vida de Jesús (Cfr.
Jn 19,25-27). Juan nos habla de ella como de la “glorificación
del Hijo”. El amor más grande es el de aquél que da la vida
por los que quiere. La muerte de Jesús es la consecuencia de toda su
vida, de su fidelidad al Padre, de la proclamación del reinado de Dios,
de su amor y servicio a todos los hombres, es su Hora. María a los pies
del crucificado, participa de la dimensión misteriosa de la vida de Jesús.
Una participación vivida en el amor y la fe; la fe como ambiente y energía
en toda la vida de María; unas veces más clara y explícita,
otras más en el nivel de las actitudes vitales, pero siempre presente.
En esta misma escena encontramos un rasgo: Jesús dice a María:
“Ahí tienes a tu hijo”, y al discípulo amado: “Ahí
tienes a tu madre”. María es la madre de todos los vivientes de
esta nueva creación que Dios acaba de realizar mediante la glorificación
de su Hijo. Aquí descubrimos lo siguiente:
La maternidad: la vida de que aquí se trata es más que dar de
comer y atender una casa. La vida que aquí se contempla, es una vida
nueva que Jesús nos ha traído y que transforma toda la existencia.
Esa vida que nos comunicará mediante el Espíritu y que recibimos
por la fe. Vida que consiste en “conocer” al único Dios verdadero
y a su enviado Jesucristo. Conocimiento que es amor y justicia universales y
cotidianos.
María es madre de esa vida, como segunda Eva, madre de todos los vivientes
en la nueva creación que Dios acaba de realizar mediante la glorificación
de su Hijo. El discípulo amado representa a todos aquellos amados por
Jesús que habrían de creer en Él.
f) María Madre de la Iglesia.
El momento de la escena es muy importante (Cfr. Hech 1,14). Jesús acaba
de terminar su misión en la tierra. Esta misión deberá
ser prolongada por la Iglesia, al frente de la cual quedan los Apóstoles.
Los Apóstoles esperan en oración la efusión prometida del
Espíritu Santo, que tendrá lugar pocos días más
tarde en la fiesta de Pentecostés. Animados por el Espíritu, los
Apóstoles darán público testimonio de Jesús muerto
y resucitado, y congregarán a los primeros creyentes.
En medio de los Apóstoles reunidos en oración para esperar al
Espíritu, encontramos a María. Una vez más, la alusión
a ella es muy discreta, como de pasada; pero no deja de ser significativa. Y
tomada en conjunto con los otros elementos marianos del Nuevo Testamento, nos
hace comprender la importancia de la Madre de Jesús en la Iglesia naciente.
Ante la esperanza del Mesías, la colaboración de María
con la obra del Espíritu la hace Madre de Jesús. Aquí,
encontramos un paralelo de esa misma colaboración al nacer la comunidad
continuadora de la misión de Jesús. Del costado de Cristo nace
la Iglesia, que llena del Espíritu Santo, cuida maternalmente María.
María, asunta en cuerpo y alma a los cielos esta espiritualmente presente
en la Iglesia gracias a su permanente intercesión ante su Hijo resucitado,
es decir, por su mediación intercesora, La Iglesia invoca a María
con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, y también Mediadora.
San Pablo nos dice que no hay más que un solo mediador entre Dios y los
Hombres, Cristo Jesús (Cfr. 1 Tim. 2,5). Sin embargo esta mediación
de María no oscurece ni disminuye la mediación de Cristo, ni resta
ni añade nada a la dignidad y eficacia del único mediador ya que
Ella depende totalmente de Él y hacía Él encamina toda
su mediación. El recurso a la mediación de María no nos
distancia de Cristo sino que nos lleva a Él, porque María nos
conduce a Cristo mismo como “Mediadora al Mediador”.
3.- NUESTRO ENTORNO: LA REALIDAD
La tradición católica ha conocido en el pasado y conoce aún
en el pueblo, un amor profundo por María. Señala nuestro Plan
Diocesano que: “Las sectas no se instalan o no avanzan en parroquias o
lugares donde los valores de la fe, la piedad y la religiosidad popular convenientemente
evangelizada y gozosamente celebrada, orientada en torno a los misterios de
Cristo y María, siguen siendo una garantía de fidelidad al mensaje
auténtico de salvación” (Plan Diocesano de Pastoral, Pág.
26).
Es innegable el gran amor que el pueblo siente por María. Nuestro Plan
de Pastoral en cada uno de sus Objetivos, a nivel Diocesano y a nivel de Zona,
presenta a la Virgen Santísima como impulsora y protagonista de nuestra
pastoral. Pero también es cierto, que en muchos sectores de nuestra población,
las prácticas marianas se van perdiendo.
4.- FORTALEZCAMOS NUESTRA IGLESIA
El sí de María es una lección para todos los cristianos,
lección y ejemplo para valorar la obediencia a la voluntad del Padre
como camino y medio de la santificación propia.
María es testimonio viviente de que esa obediencia a la voluntad del
Padre es la única capaz de engendrar a Cristo hoy. A toda la Iglesia
y a cada uno de sus miembros nos toca buscar y cumplir la voluntad de Dios para
que Cristo sea engendrado en nuestra persona, hogar, escuela, trabajo, barrio,
ciudad, Arquidiócesis y el mundo entero.
El Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica “Marialis
Cultus” recoge los momentos esenciales de la vida y la experiencia creyente
de María en cuatro rasgos que son especialmente iluminadores de su vida.
María oyente: Aparece en la anunciación ante todo como una “oyente”
que acoge con fe la Palabra de Dios y aún que con dificultades, con turbación
y miedo accede a cumplir la voluntad de Dios en un primer abandono de fe.
María orante: en todos los textos del nuevo Testamento don dé
aparece María aparece siempre alabando y orando a Dios, meditando en
su corazón las realidades salvíficas, las progresivas manifestaciones
del Padre para Ella, proclamando la grandeza del Señor, perseverando
en la oración con la Iglesia naciente en unión con la Apóstoles.
María Madre: Así lo hemos podido constatar en está reflexión.
Ella es Madre que engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre por su
obediencia de fe. Este hecho, reservado exclusivamente a María, es motivo
para los creyentes de un gozo que compartimos con Ella y por el que nos unimos
en la alabanza y la gratitud a Dios nuestro Padre.
María oferente: Al presentar al Salvador en el Templo manifiesta la continuidad
del Plan de Dios desde el Antiguo Testamento y lo presenta como Salvador universal
para todos los hombres. Así nos ayuda orientar nuestra mirada, que busca
salvación, hacia la cruz de Jesús.
De esta condición oferente de María la Iglesia es también
partícipe. A la Iglesia le ha sido confiado por su Hijo el misterio de
la Eucaristía, ofrenda singular del propio Jesucristo, memorial de su
Pasión, muerte y resurrección. La Iglesia no sólo convoca
a sus hijos a esta celebración en Domingo, sino que ella misma trata
de ofrecerse a sí misma, como correspondencia a Quien se entregó
por ella para que llegue a todos este don precioso que es la Eucaristía.
A imitación de María los miembros de la Iglesia somos urgidos
a entregar a Cristo, que habita en nosotros, para que la oferta de salvación
llegue a todos los hombres y mujeres. María es estímulo para hacer
de la propia vida una ofrenda a Dios.
El “Sí” de María es una lección y un ejemplo
para todos los cristianos que debemos convertir la obediencia a la voluntad
del Padre en camino y medio de santificación propia.
5.- DESAFÍOS
Urge que la figura de María sea presentada en su justa dimensión,
en relación a su papel dentro de la Historia de la Salvación.
Hay en la diócesis algunas elites que experimentan casi un bloqueo en
su relación afectiva con María y piensan que dicha comunión
con la Virgen sólo puede ser apropiadas para la gente sencilla. Por ejemplo
ante el rezo del Rosario, se siente la tentación de pensar que esa práctica
pertenece al pasado o a un tipo de espiritualidad que ya no está de acuerdo
a nuestro tiempo.
6.- DINÁMICAS A ESCOGER:
Según sea el número del grupo, se pueden formar equipos de cuatro
a seis personas y se comparte:
? ¿Qué advocaciones de la Virgen conoces?
? ¿Cuáles son las principales prácticas de devoción
a María, cuáles son tus devociones a Ella?
? ¿Cuáles son las fiestas litúrgicas Marianas más
significativas?
? ¿Sabías que en nuestra Arquidiócesis de Durango, hay
46 Templos dedicados a la Santísima Virgen María? ¿Cuántos
de ellos conoces y qué nombre tienen?
Si se cree conveniente, se hacen pequeños equipos para comentar las siguientes
citas bíblicas y comentar las preguntas:
Lc 1,26-38 La Anunciación
Lc. 1,39-56 María visita a su prima Isabel
Lc. 2,1-21 María da a luz a Jesús
Lc. 2,22-40 Presentan a Jesús en el Templo
Lc. 2,41-52 Jesús entre los doctores de la ley
Mc 3,31-35. Jesús y su verdadera familia
Jn. 2,1-12 Las bodas de Caná
Hch. 1,1-14. María presente en Pentecostés
? ¿Qué impresión te dejan las lecturas
de los textos bíblicos sobre María?
? ¿Cuáles son las actitudes de María que aparecen destacadas
en estos textos?
Podemos decir que:
María ocupa un lugar discreto en la Biblia.
María siempre aparece en relación a Cristo, su Hijo y esto es
su valor.
Unida a Cristo
Receptora de Cristo
Dadora de Cristo.
Donde está la Madre, está el Hijo,
Y donde está el Hijo, está la Madre.
Si se considera prudente se puede realizar un plenario para compartir a todo
el grupo lo que se platicó en los equipos.
Hacemos un poco de silencio para que resuene en nuestro interior todo lo que
hemos reflexionado.
Vamos a elegir alguna característica de María.
Vamos a buscar su significado, su sentido, etc.
Vamos a dejarnos transformar, por ese don o virtud que María recibió
y que nos comparte.
Podemos meditar lo siguiente: lo que he reflexionado en este tema, ¿ha
modificado el concepto y opinión que tenía de María Santísima?
7.- ORACIÓN FINAL
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su ciervo,
acordándose de su misericordia
como lo había prometido a nuestros Padres,
a favor de Abraham y su descendencia por siempre. Amén
8.- CANTOS:
Oh Virgen Santa…
Oh María Madre Mía…
Desde el cielo…