
OBJETIVO:
“Que los Obispos, presbíteros, religiosos, religiosas y fieles laicos durangueños y zacatecanos de nuestra Arquidiócesis, tengamos la oportunidad de escuchar el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación en Cristo y logremos profesar la fe como una fuerte adhesión a Jesucristo, Mesías y Señor”.
1.- ORACIÓN INICIAL.
Oración por la Misión Diocesana de Predicación Kerygmática
2.- DIOS NOS HABLA.
a) Acerca del Kerygma.
La palabra Kerygma, referida al heraldo o predicador para proclamar o pregonar
una buena noticia, aparece 69 veces en el Nuevo Testamento. La predicación
kerygmática es el comienzo de la fe y de la vida cristiana.
Proclamamos la salvación que Dios ha realizado en Cristo y por Cristo;
salvación que es ofrecida y actualizada para la humanidad por nuestra
predicación, que primeramente es una acción salvífica de
Dios: “El Espíritu del Señor está sobre mí.
Él me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar
la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para despedir
libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”
(Lc 4, 18-19).
El contenido, esencialmente es siempre el mismo, Jesús de Nazaret como
Xristós o Kúrios y como Hijo de Dios; pero presentado de diversas
maneras por los distintos actores. Naturalmente el centro del Kerygma o de la
predicación es la persona y la obra salvadora de Jesús como Señor.
La predicación del Bautista, se centra en la próxima venida del
Reino de Dios y del Mesías y exhorta a la conversión. Anuncia
un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados; es un testimonio
sobre la persona y la misión del Mesías: “Yo bautizo con
agua, pero en medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque
viene detrás de mí, yo no soy digno de desatarle las correas de
sus sandalias” (Jn 1, 26-27).
Jesús predica la llegada del Reino de Dios, exhorta a la conversión
y a creer en el mensaje de salud: “Después de que tomaron preso
a Juan, Jesús fue a Galilea y empezó a proclamar la Buena Nueva
de Dios. Decía: el tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está
cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15).
La predicación de los Apóstoles y de los discípulos durante
la vida terrena de Jesús tiene el mismo contenido; predican el Reino
de Dios, el Evangelio de Dios, la Palabra del Señor, la Palabra de Dios,
el testimonio de Dios, la fe. Son ministros del Evangelio, de la palabra, de
la Nueva Alianza e invitan a la penitencia.
Consumada la misión terrena de Jesucristo, es el grupo de los Doce, el
que pregona la Buena Nueva de la Salvación en Cristo, muerto y resucitado.
En particular, los Apóstoles, ante todo predican la muerte, la resurrección
y la glorificación de Jesús (Cfr. Hch 2, 22-36; 3, 12-18; 13,
23-37; 1 Cor 1, 18-23). “En primer lugar les he transmitido esto, tal
como yo lo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, como
dicen las Escrituras; que fue sepultado; que resucitó al tercer día,
también según las Escrituras; que se apareció a Pedro y
luego a los Doce. Después se dejó ver por más de quinientos
hermanos juntos, algunos de los cuales ya han entrado en el descanso, pero la
mayoría vive todavía… Pues bien, esto es lo que predicamos
tanto ellos como yo, y esto es lo que han creído” (1 Cor 15,1-7.11).
Predica S. Pedro: “Sepa con seguridad toda la gente de Israel, que Dios
ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien ustedes crucificaron”
(Hch 2, 36). Y sigue pregonando: “Dios ha enviado su Palabra a los israelitas,
dándoles un mensaje de paz, por medio de Jesús, el Mesías,
que también es el Señor de todos” (Hch 10, 36).
Particularmente pues, el Kerygma pregona la muerte, la resurrección y
la glorificación de Jesús. Sigamos escuchando a San Pedro: “Israelitas,
escuchen mis palabras: Dios acreditó entre ustedes a Jesús de
Nazaret. Hizo que realizara entre ustedes milagros, prodigios y señales
que ya conocen. Ustedes, sin embargo, lo entregaron a los paganos para ser crucificado
y morir en la cruz, y con esto se cumplió el plan que Dios tenía
dispuesto. Pero Dios lo libró de los dolores de la muerte y lo resucitó,
pues no era posible que quedara bajo el poder de la muerte” (Hch 2,22-24).
Los Apóstoles fueron testigos oculares de la vida y de la muerte y de
manera especial de la resurrección y de la glorificación de Jesús:
“Con nuestros propios ojos hemos contemplado su majestad cuando recibió
de Dios Padre gloria y honor. En ese momento llegó sobre Él una
palabra extraordinaria de la gloriosa Majestad: este es mi Hijo muy querido,
el que me agradó elegir. Nosotros mismos escuchamos esa voz venida del
cielo estando con él en el cerro santo” (2 Pe 1, 16-18). A la manera
de los Apóstoles, una característica que debe darse en los predicadores,
es que este Kerygma debe ser una experiencia para que sea un testimonio.
La finalidad del Kerygma es que la Buena Nueva sea anunciada, escuchada, aceptada
y creída, haciendo a los creyentes discípulos de Cristo, hijos
de Dios y salvos: Jesús exhorta por San Marcos: “Vayan por todo
el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y
se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.
Estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre
expulsarán demonios y hablarán nuevas lenguas, tomarán
con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará
daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán
sanos” (Mc 16, 15-18).
Se antoja preguntarse: ¿Quién es Jesús? ¿Por qué
darle tanta relevancia y llamarle “Señor”? ¿Qué
tenemos que ver con Él? Y las respuestas son: Porque Jesús, es
Dios igual que el Padre y que el Espíritu Santo; es el enviado para salvación
y rescate de todos; el primero entre los hombres nacido de mujer; resucitó
y subió al cielo atrayéndonos a liberarnos de nuestras cadenas
y esclavitudes para vivir como hijos de Dios. Por ello es Señor de todos
y de todo.
b) Jesús el Señor.
San Lucas narra cuatro controversias de Jesús en sábado con fariseos
y doctores de la ley. En el capítulo quinto de su Evangelio, en la controversia
por el perdón de los pecados y la curación de un paralítico
(Cfr. Lc 5, 17-26), Jesús afirma: “Sepan que el Hijo del Hombre
tiene poder en la tierra para perdonar los pecados” (Lc 5, 24). El uso
que San Lucas hace aquí del título “Hijo del Hombre”,
al principio de su Evangelio, combina dos tradiciones veterotestamentarias:
una, refiriéndose a la condición humilde de cada mortal y otra,
implicando la exaltación de los humildes y perseguidos santos de Israel.
Así une armónicamente la dimensión del Siervo doliente
con la de Hijo del hombre glorioso, en su función escatológica
de Juez.
En la controversia descrita por San Lucas en el trozo evangélico sobre
el descanso sabático, comparemos que la ley permitía recoger uvas
o espigas al pasar por el campo de un vecino, pero los rabinos prohibían
segar en sábado, así fuera unas espigas; Jesús respondió
poniendo el caso de David y sus hombres que comieron pan de las ofrendas, cosa
permitida sólo a los Sacerdotes; y Jesús concluye: “el Hijo
del hombre es Señor y tiene autoridad sobre el sábado” (Lc
6, 5).
En primer lugar aceptamos que Jesús, Siervo doliente y Juez escatológico,
es Señor que está por encima de la interpretación miope
de la ley. Pero también somos invitados a transportar la afirmación
de Jesús en afirmación nuestra, pues a Jesús Crucificado,
Dios lo hizo Señor y Mesías: “Sepa con seguridad toda la
gente de Israel, que Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús
a quien ustedes crucificaron” (Hch 2, 36). Y San Pablo universaliza: “Toda
lengua ha de confesar, para gloria de Dios Padre, que Jesús es el Señor”
(Flp 2, 9-11).
En la predicación kerygmática, se ha de manifestar el poder de
Dios, por los milagros que la acompañan, como característica de
la actividad de Jesús. “El asombro fue tan grande que se preguntaban
unos a otros: ¿qué es esto? Una doctrina nueva, y ¡con qué
autoridad! Miren cómo da órdenes a los espíritus malos
y le obedecen” (Mc 1, 27).
También la predicación de los Apóstoles y de los discípulos
era confirmada por milagros, ya durante la vida de Jesús y particularmente
después de la Ascensión: “Por obra de los Apóstoles
se producían en el pueblo muchas señales milagrosas y prodigios….
La gente incluso sacaba a los enfermos a las calles y los colocaba en camas
y camillas por donde iba a pasar Pedro, para que por lo menos su sombra cubriera
a alguno de ellos. Acudían multitudes de las ciudades vecinas a Jerusalén
trayendo a sus enfermos y a personas atormentadas por espíritus malos,
y todos eran sanados” (Hch 4, 12. 15-16).
En general toda la actuación de los predicadores del Evangelio, y el
éxito de su predicación es una revelación de la virtud
de Dios y del Espíritu Santo: “Cuando llegué a ustedes,
para darles a conocer el proyecto misterioso de Dios, no llegué con oratoria
ni grandes teorías. Con ustedes decidí no conocer más que
a Jesús, el Mesías, y un Mesías crucificado. Yo mismo me
sentí débil ante ustedes, tímido y tembloroso. Mis palabras
y mi mensaje no contaron con los recursos de la oratoria, sino con manifestaciones
de espíritu y poder, para que su fe se apoyara no es sabiduría
humana, sino en el poder de Dios” (1 Cor 2, 1-5).
Las manifestaciones de espíritu y poder, son signos de la mesianidad
de Jesús para el apostolado y que deben llevar a la fe; son obras de
Dios al lado de la Palabra de Dios y una parcial realización actual del
Reino de Dios.
Al final de este apartado constatamos que objetivamente Jesús es el Señor,
con el Padre y el Espíritu Santo. Se impone ahora cuestionarnos: ¿Quién
es Jesús para ti? Actualmente, ¿consideras que tu vida es un seguimiento
de Jesús, como Señor, aceptando sus enseñanzas, criterios,
ejemplos y exigencias? Cuando Jesús preguntó a los Apóstoles
¿Quién dicen los hombres que soy yo? Los Apóstoles dieron
varias respuestas. Cuando les preguntó “Y ustedes, quien dicen
que soy yo?”. San Pedro Respondió “Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo”. Si Jesús te preguntara hoy a ti: ¿Quién
dices que soy yo? ¿Te gustaría responder: “Yo creo que Tú
eres Mesías y te acepto como mi Señor”?
c) Responsorio: Escuchar tu Palabra.
3.- NUESTRO ENTORNO: LA REALIDAD
Las controversias de Jesús con sus contemporáneos nos ayudan a
mirarnos como en un espejo: cuando conducimos nuestra práctica religiosa
con criterios miopes o sesgados, cuando nos anclamos en usos, costumbres y tradiciones
esclavizantes o dominantes, cuando nos apegamos a personas, mediaciones o intereses.
O también, repitiendo la misma actitud y el mismo acto de soberbia de
los primeros padres, pretendiendo ser la medida de nosotros mismos, de nuestro
ser y de nuestro obrar: y rechazando ser medidos por Quien es el principio y
el fin de todo ser vivo o inanimado.
Siempre, resistiendo a la predicación de la Buena Nueva y de la Nueva
Evangelización; como sucede en las repetidas evaluaciones sobre la actualidad
del Plan Diocesano de Pastoral, que muestran apegos, inercias y simulaciones,
apatía y entumecimiento, vicios y pecado.
4.- FORTALEZCAMOS NUESTRA IGLESIA
Cristo, resucitado por el Padre, solo es el “primero que ha resucitado
de entre los muertos” (Col 1, 18-19). El se nos ha anticipado a todos
para alcanzar esa vida definitiva que nos está también reservada
a nosotros que somos su Cuerpo. Su resurrección es fundamento y garantía
de la nuestra (Cfr. 1 Cor 15, 20-23). Uno de los nuestros, un hermano nuestro,
Jesús de Nazaret, ha resucitado abriendo una salida a esta vida nuestra
que termina en la muerte. Su resurrección nos abre la posibilidad de
alcanzar la liberación última y total (Cfr. 1 Cor 15, 22; Ef 2,
4-6). Si vivimos desde Cristo, un día resucitaremos con El. “Dios
que resucitó al Señor, también nos resucitará a
nosotros por su fuerza” (1 Cor 6, 14). Por eso, los creyentes, su Iglesia,
en medio de las luchas, los sufrimientos y las dificultades de cada día,
ponemos nuestra mirada en el Resucitado que un día volverá a consumar
y llevar a su término todos nuestros esfuerzos de liberación:
“Ven, Señor, Jesús” (Ap 22, 20)
5.- DESAFÍOS.
Partiendo de la Religiosidad heredada de nuestros padres, buscar una Religiosidad
basada en la predicación y en la escucha de la Palabra Revelada.
Desarrollar el gusto por escuchar con oído atento la Buena Nueva y el
Kerygma de la Salvación.
Buscar para nosotros y para los demás, un encuentro personal, vivencial
y comprometido con Jesucristo vivo.
6.- DINÁMICA
En grupos de 8 a 10 personas, preguntarse y responder:
¿Qué significa para ti, que Jesucristo nació humilde, padeció,
murió y resucito?
¿Qué comentario te merece la vida pública, la predicación
y las obras de Jesús?
¿Qué frase te parece central en la predicación kerygmática
de los Apóstoles?
¿Qué respuesta te corresponde dar?
7.- ORACIÓN FINAL
Santísima Trinidad, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: te rogamos
que nuestra Misión Diocesana de Predicación Kerygmática,
nos ayude a aprender más y mejor la humildad del Verbo Encarnado, Cristo
Jesús, Mesías y Señor; que aprendamos a “no valerse
de uno a costa del otro para engreírse” (Lc 4, 5-6). Que esta Misión
nos habilite para ser activos y entusiastas instrumentos de la Nueva Evangelización
y del Plan Diocesano de Pastoral. Te suplicamos, que nuestra Misión alcance
que toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor. Que el nombre de
tu Hijo amado esté presente en el corazón, en los labios y en
la vida de todos los miembros de esta Arquidiócesis para transformar
nuestros ambientes e instituciones.
8.- CANTOS
Cristo, Rey y Señor…
Vive Jesús el Señor…
El Señor es mi fuerza…
El Señor es mi luz…