ENVÍO Y MISIÓN

OBJETIVO:
“Tomar conciencia de mi identidad como cristiano, profundizando en el llamado universal a la santidad y a la misión, para que por la fuerza del testimonio sea fermento de unidad en mi comunidad”.

1.- ORACIÓN INICIAL
Oración por la Misión Kerigmática.

2.- DIOS HABLA
a) Vocación universal a la santidad.
La Iglesia es santa, ya que Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu llamamos “el solo Santo”, la amó como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (Cfr. Ef 5,25-26), la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso, todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: “Porque ésta es la voluntad de Dios, su santificación” (1 Tes 4,3; Ef 1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles; se expresa de múltiples modos en todos aquellos que, con edificación de los demás, se acercan en su propio estado de vida a la cumbre de la caridad.
Nuestro Señor Jesucristo predicó la santidad de vida, de la que Él es Maestro y Modelo, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que sean. “Sean, pues, perfectos como su Padre Celestial es perfecto” (Mt 5, 48).
Los seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en virtud de sus propios méritos, sino por designio y gracia de Él, y justificados en Cristo Nuestro Señor, en la fe del Bautismo han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo santos. Les amonesta el Apóstol a que vivan “como conviene a los santos” (Ef 5,3), y que “como elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia” (Col 3,12) y produzcan los frutos del Espíritu para su santificación (Cfr. Gál 5,22; Rom 6,22).
Fluye de ahí la clara consecuencia de que todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano.
Por consiguiente, todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre Celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el servicio temporal, la caridad con que Dios amó al mundo. (Cfr. Lumen Gentium 39-41).
b) Vocación universal al apostolado.
La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión. Esta ha sido la ferviente voluntad del Concilio Vaticano II al desear, “con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia, iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura”. La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad. (Cfr. R Mi 90).
El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia en el mundo, a cuyo apostolado todos estamos llamados por el mismo Señor en razón del Bautismo y de la Confirmación. Por los sacramentos, especialmente por la Sagrada Eucaristía, se comunica y se nutre aquel amor hacia Dios y hacia los hombres, que es el alma de todo apostolado. Los laicos, sin embargo, están llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos. Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo e instrumento vivo, a la vez, de la misión de la misma Iglesia “en la medida del don de Cristo” (Ef 4,7). Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los fieles, los laicos pueden también ser llamados de diversos modos a una cooperación más inmediata con el apostolado de la jerarquía, como aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (Cfr. Fil 4,3; Rom 16,3ss.).
El verdadero apóstol busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes para llevarlos a la fe; ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa: “La caridad de Cristo nos urge” (2 Cor 5,14), y en el corazón de todos deben resonar aquellas palabras del Apóstol: “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1 Cor 9,16). (Cfr. AA 6)
Los laicos ejercen un apostolado múltiple, tanto en la Iglesia como en el mundo. En ambos órdenes se abren varios campos de actividad apostólica, como son: las comunidades de la Iglesia, la familia como origen y fundamento de la sociedad, los jóvenes ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, el ámbito social llenándolo de espíritu cristiano: el pensamiento, costumbres, leyes y estructuras en que vive el seglar en el campo del trabajo, de la profesión, del estudio, de la vecindad, del descanso, de la política, de la edificación de la sociedad en que uno vive; el orden nacional e internacional: el campo del apostolado para los seglares es inmenso siendo ellos los principales administradores de la sabiduría cristiana, sintiéndose obligados a promover el genuino bien común y haciendo valer así el peso de su opinión para que el poder político se ejerza con justicia y las leyes respondan a los preceptos de la ley moral y el bien común. Como en nuestros tiempos participan las mujeres cada vez más activamente en toda la vida social, es de sumo interés su mayor participación también en los campos del apostolado de la Iglesia. (Cfr. AA 9).
c) Importancia primordial del testimonio.
La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar.
A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización. Son posiblemente las primeras preguntas que se plantearán muchos no cristianos, bien se trate de personas a las que Cristo no había sido nunca anunciado, de bautizados no practicantes, de gentes que viven en una sociedad cristiana pero según principios no cristianos, bien se trate de gentes que buscan, no sin sufrimiento, algo o a Alguien que ellos adivinan pero sin poder darle un nombre.
Surgirán otros interrogantes, más profundos y más comprometedores, provocados por este testimonio que comporta presencia, participación, solidaridad y que es un elemento esencial, en general el primero absolutamente en la evangelización. Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores. (Cfr. EN 21)
Ante todo, y sin necesidad de repetir lo que ya hemos recordado antes, hay que subrayar esto: para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”. San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta. Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad. (Cfr. EN 41).
d) La perseverancia en la fe y el amor.
La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: “Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe” (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos:
• Alimentarla con la Palabra de Dios.
• Pedir al Señor que la aumente (Cfr. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32).
• “Actuar por la caridad” (Ga 5,6; Cfr. Sant 2,14-26).
• Ser sostenida por la esperanza (Cfr. Rom 15,13).
• Estar enraizada en la fe de la Iglesia. (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 162).
Para perseverar en el amor debemos:
“Orar constantemente” (1 Tes 5,17); “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20); “orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6, 18). “No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar”. Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante.
Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. “Todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los concederá. Lo que les mando es que se amen los unos a los otros” (Jn 15,16-17). Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua. (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, núms. 2742-2745)
e) Compromiso Cristiano.
“Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios... A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor” (Lumen Gentium, 31).
La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristiana impregnen las realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia. Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia.

3.- NUESTRO ENTORNO: LA REALIDAD
Los laicos, tanto en las parroquias como en las Zonas Pastorales, poco a poco van tomando cada día más conciencia de su vocación cristiana, de su común vocación a la santidad y de su plena pertenencia a la Iglesia. Muchos bautizados, cada vez asumen una participación más consciente y eficaz en la pastoral. Experimentan la necesidad de una formación integral y de una capacitación específica y actualizada para poder cumplir, con competencia, su misión en la Iglesia y en el mundo. Desgraciadamente, constatamos que muchos, no han recibido la educación en la fe de una forma cuidadosa y personalizada, sino sólo general y con muchas deficiencias. Reconocemos la necesidad de una evangelización sistemática y actualizada, ya que notamos en la forma de vivir de muchos de nuestros cristianos, signos de hedonismo e indiferencia respecto a compaginar su existencia con el evangelio. (Cfr. Plan Diocesano de Pastoral, núms. 263-267).

4.- FORTALEZCAMOS NUESTRA IGLESIA
La Pastoral de Conjunto, ha sido para la Arquidiócesis un gran impulso para la vida cristiana, de manera que tenemos la esperanza de que la fe se haga cada vez más viva. Sacerdotes, Religiosos y Agentes laicos han asumido el reto de formar de manera íntegra al pueblo de Dios.

5.- DESAFÍOS
Falta más preparación y conciencia en el bautizado del compromiso cristiano. Es necesaria, por tanto, una formación cada vez más adecuada, actualizada, descentralizada y permanente en todos nosotros.
La Diócesis sufre de la carencia de agentes comprometidos y por lo mismo, muchos católicos alejados y carentes de una evangelización básica, son presa fácil de las sectas y de los movimientos pseudo-religiosos. Es un desafío enorme el hacerles llegar el auténtico evangelio.
Nos desafía la búsqueda de una profundización en nuestras creencias religiosas, que nos lleve a un conocimiento de Jesús más profundo y comprometedor. Muchos laicos se resisten a un estudio serio de su religión (Cfr. Plan diocesano de Pastoral, núm. 283).

6.- DINÁMICA
Se pueden formar equipos de cuatro a seis personas, según sea el número del grupo. En cada grupo de comparte:
? ¿Qué entiendes por santidad?
? ¿Conoces a una persona que haya llevado una vida cristiana ejemplar?, ¿Qué hizo de especial?
? ¿Crees que en la actualidad puede haber personas santas? ¿Por qué?
? ¿Crees tú que puedes hacer apostolado en tu comunidad? ¿Qué estarías dispuesto a hacer?
? ¿Cuál crees que debe ser el comportamiento de un Bautizado?

Si se cree conveniente, se hacen pequeños equipos para comentar las siguientes preguntas:
? ¿Cuál es la invitación que Dios nos hace como bautizados?
? ¿Con qué actitudes y acciones concretas voy a expresar mi compromiso de ser un buen cristiano?
? ¿Cómo voy a promover el espíritu misionero en mi comunidad?
Si se considera prudente se puede realizar un plenario para compartir a todo el grupo lo que se platicó en los equipos.

7.- ORACIÓN FINAL
Recitamos juntos la siguiente oración:
Señor, haz de nosotros un instrumento de tu paz
donde haya odio, pongamos amor,
donde haya ofensa, pongamos perdón,
donde haya discordia, amistad,
donde haya error, pongamos verdad,
donde haya duda, pongamos fe,
donde haya sufrimiento, pongamos esperanza,
donde haya oscuridad, pongamos luz,
donde haya tristeza, pongamos alegría,
haz en fin, Señor, que no nos empeñemos tanto
en ser consolados, como en consolar,
en ser comprendidos, como en comprender,
en ser amados, como en amar,
porque, dando, es como se recibe,
olvidando es como se encuentra,
perdonando, se es perdonado
y muriendo, se resucita a la vida que no tiene fin.

8.- CANTOS
Yo no era profeta…
Testigo...
Tengo que gritar…
Jesucristo me dejó inquieto…