EL REINO DE DIOS

OBJETIVO:
“Estimular a los bautizados, hechos partícipes de la dignidad real de Cristo, a vivir día tras día ‘en el reino del Hijo de su amor’, para testimoniar y anunciar la presencia del reino, con las mismas obras de Jesús”.


1.- ORACIÓN INICIAL
Oración por la Misión Kerygmática.

2.- DIOS HABLA
Jesús, inauguración y cumplimiento del Reino.- Jesús nunca definió el Reino de Dios. Presentaba su mensaje del Reino en parábolas. El contenido básico del mensaje del Reino puede resumirse en las siguientes características:
a) Está “ya presente” y “todavía” por venir.
Jesús proclamó esta visita final de Dios no como un simple futuro más, ni como un objeto de ansiosa expectación (Cfr. Lc 3,15), sino como algo que ha llegado con él. El Reino se ha convertido en una realidad presente, está “cerca” (Cfr. Mc 1,14), “dentro de vosotros” (Cfr. Lc 17,21), demuestra su presencia efectiva como una fuerza liberadora a través de exorcismos (Cfr. Mt 12,28), curaciones y perdón de los pecados. Aunque la presencia histórica del Reino en y a través del ministerio de Jesús es afirmada con fuerza, el cumplimiento de lo que es ahora experimentado confusamente, de una manera anticipada, está todavía por venir. Esto crea la tensión del “ya” y el “todavía no”. Si el acento se pone en el “todavía no”, se enfatizan los “juicios del Reino” en el mundo presente, y la esperanza de su venida final se convierte en el factor determinante para la acción. Pero para ser justos con el mensaje y práctica de Jesús, se debe, más que cualquier otra cosa, insistir con denuedo en la presencia de la basileia (Reino) que Jesús mismo mantuvo.
b) El Reino como don gratuito de Dios y tarea para los seres humanos.
Puesto que el Reino de Dios es Dios mismo, que ofrece su amor incondicional a su criatura y que da a cada una participación en su propia vida, debe entenderse como un don gratuito, al que no tenemos en modo alguno ningún derecho. Podemos aceptarlo sólo como un don de amor de parte de Dios con gratitud y acción de gracias. Ésta es la principal enseñanza de las parábolas del crecimiento (Cfr. Mc 4; Mt 13). Se puede rezar “venga tu Reino” (Cfr. Mt 6,10), se puede gritar a Dios día y noche (Cfr. Lc 18,7), puede uno mantenerse en vela como las vírgenes prudentes (Cfr. Mt 25,1-3); pero es Dios quien lo “da” (Cfr. Lc 12,31). Sin embargo, el carácter de don del Reino no hace de los seres humanos meros objetos pasivos. Las parábolas de los talentos (Cfr. Mt 25,14) y del tesoro en el campo (Cfr. Mt 13,44) muestran que los seres humanos son también actores en el Reino. Aquí el Reino es puro don, pero viene sólo asumiendo increíbles riesgos. La venida del Reino de Dios es total y absolutamente obra de Dios, pero al mismo tiempo es también total y absolutamente obra de seres humanos.
c) Las dimensiones religiosas y políticos del Reino.
El carácter religioso del Reino es tan evidente en la Escritura que no requiere especial atención. El Reino trasciende este mundo y tiene como meta los cielos nuevos y la nueva tierra. Este aspecto, sin embargo, es a menudo acentuado hasta tal punto que el Reino no tiene cabida ya en este mundo. Consecuentemente, el mensaje de Jesús se convierte totalmente en un asunto privado y el aspecto social del Reino es completamente ignorado y abandonado. Actualmente se han hecho intentos de rescatar a Jesús de la prisión del individualismo y devolverlo a la vida social de nuevo. Colocando a Jesús en la situación de su tiempo y contemplando su misión ante todo en el marco de restaurar a Israel y de anunciar el “gran año de gracia” para su pueblo, la implicación política del mensaje de Jesús se hace obvia en forma de exigencia de una reestructuración radical de todas las estructuras sociales y reordenamiento de todas las relaciones humanas del presente sobre la base de la alianza. Insistir en que el mensaje de Jesús sobre el Reino fue puramente religioso y que no tenía nada que decir sobre las estructuras socio-políticas no se puede sostener sobre la base de las Escrituras, sino solamente desde una visión del mundo, más bien dualista, que niega toda relevancia del evangelio para las realidades intraterrenas.
d) El carácter salvador y universal del Reino.
Juan el Bautista anunciaba la venida inmediata del Reino y rechazaba todo particularismo judío y toda pasividad ética. La ascendencia judía no era ninguna garantía de salvación. A1 adoptar el bautismo como rito utilizado para prosélitos judíos declara de hecho que los judíos están al mismo nivel que los gentiles ante la perspectiva de la visitación mesiánica venidera.
Para Jesús el acontecimiento totalmente cierto, que está sucediendo en ese mismo momento en sus palabras y acciones, es que Dios está ofreciendo su salvación final a todos ahora, en este preciso momento. Esta oferta es absolutamente incondicional y persigue sólo una meta: la salvación de todos, pero especialmente de los pecadores y proscritos, que menos la esperaban. El motivo para la acción ante el Reino que irrumpe ahora es esta incondicional oferta de salvación. Para Jesús, el Reino es un mensaje de paz y gozo. Ahora no es tiempo de lamento y de ayuno (Cfr. Mc 2,18ss). Ahora es tiempo de salvación; la separación del bien y del mal se hará al final (Cfr. Mt 13,24-30). La oferta de salvación es ahora para todos: judíos y gentiles, justos y pecadores.
e) El desafío del Reino: la conversión.
A la proclamación indicativa de que el Reino de Dios era una realidad inminente, Jesús añade un imperativo: una llamada a la conversión, como respuesta a la venida de Dios en persona. Esta respuesta al Reino “que está cerca” se expresa con las palabras convertíos y creed. Puesto que el Reino es un poder dinámico que constantemente irrumpe en este mundo, la llamada al arrepentimiento es una llamada permanente dirigida a todo el mundo.
Convertirse significa volverse hacia, responder a una llamada. Se nos pide que dejemos entrar en nuestra vida este mensaje del todo inaudito, dejarse uno sorprender por esta gran noticia. Este dar la vuelta hacia el Reino incluirá un alejarse de. Pero el motivo para la conversión es el Reino de Dios que irrumpe como si ya hubiera llegado. La conversión es una gozosa oportunidad, no un acontecimiento terrible de juicio y condenación. La conversión es una reacción de la persona a la acción previa de Dios. Sólo su amor lo hace en absoluto posible. La conversión, por tanto, va precedida por la acción de Dios a la que se nos llama a responder.
Es importante que el Reino de Dios, que irrumpe constantemente, sea contemplado como algo que siempre es buena noticia y nunca juicio o condenación. Jesús no abandonó el juicio (la palabra aparece 50 veces en su predicación), pero lo pospuso. Sólo aquel que no hace caso del Reino ahora tendrá que afrontar el juicio cuando llegue la plenitud del Reino. Por lo tanto, dondequiera que se predique el Reino, no debe anticiparse el juicio. El evangelio tiene que seguir siendo siempre buena noticia y ser predicado como corresponde.
f) Compromiso con la persona de Jesús.
El símbolo “Reino de Dios” apunta fundamentalmente y revela de una manera muy concreta el amor incondicional de Dios a sus criaturas. Este amor incomprensible (Cfr. Ef 3,18-19) se manifestó y se hizo tangible en la persona de Jesús de Nazaret. Por eso el Reino no es sólo un “gran designio”, un “sueño utópico que se ha hecho realidad”, el “plan definitivo de Dios respecto a su creación”; es fundamentalmente una persona: Jesucristo. Lo que verdaderamente es, sólo lo podemos sentir e imaginar en un encuentro personal con él, “el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2,20).
Conversión significa volverse hacia alguien. Significa acoger, aceptar a Jesús como el centro de toda nuestra vida. A él y su evangelio subordinamos todo lo demás (Cfr. Mc 10,28), incluso la propia vida (Cfr. Mc 10,32). Previamente a la pregunta sobre qué es el Reino, está la pregunta: “¿Quién es Jesús para mí?”. La conversión, en último análisis, es un compromiso personal con Jesús, una declaración abierta por él. La persona de Jesús se convierte en el factor decisivo de salvación, de aceptación o de rechazo del Reino de Dios. Esta adhesión personal es un elemento nuevo y sin precedentes en las pretensiones de Jesús.
El mensaje fundamental de Jesús contiene un indicativo y un imperativo que resume toda la ética cristiana. El indicativo es la proclamación del Reino, es decir, la revelación del amor incondicional de Dios a todos. El imperativo es una llamada a volverse hacia su Reino inminente y dejar que su poder entre en mi vida.
g) Una definición del Reino.
Jesús nunca definió el Reino de Dios. Describió el Reino con parábolas (Cfr. Mt 13; Mc 4); con imágenes como vida, gloria, gozo y luz. Pablo, en Rom 14,17, presenta una descripción que es lo más cercano a una definición: porque el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.
Algunos consideran este texto como un credo válido para toda época: Aquí el símbolo “Reino de Dios” no sólo es el centro de los sinópticos, sino también de todo el NT. Justicia, paz y gozo son conceptos clave que expresan relaciones con Dios, con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con la naturaleza. Dondequiera que los cristianos se relacionan en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, allí se hace presente el Reino. El Reino, definido en una breve fórmula, no es otra cosa que justicia, paz, amor, verdad, vida, gracia y gozo en el Espíritu Santo.

3.- NUESTRO ENTORNO: LA REALIDAD
Hoy el reino visto desde la perspectiva de una Humanidad en la que la pobreza, el hambre y el llanto han sido a lo largo del tiempo el pan de cada día de cientos de millones de personas, no es difícil acabar archivando la promesa del Reino. Venga a nosotros tu Reino... muy bien: ¿Pero cuándo? ¿Para cuándo el cumplimiento de esa última voluntad de Dios para este mundo?
La promesa escatológica de Jesús de Nazaret de la instauración del Reino encuentra crecientes dificultades para hacerse un sitio en nuestra sociedad escéptica, industrializada, hedonista, secularizada y sectarizada. Una de las fuentes más consistentes del ateismo moderno ha sido la distancia existente entre las promesas de Jesús y la tozuda realidad de pobreza, de hambre y de tristeza a lo largo de la historia. Otra fuente de ateismo práctico ha sido la experiencia cotidiana de una existencia lo suficientemente satisfactoria como para reducir a la irrelevancia cualquier promesa de futuro que no se sustancie en propuesta de nuevos y mayores niveles de vida. ¿Cuál es, entonces, la actualidad del Reino predicado por Jesús? Probablemente la misma de siempre: la oportunidad que nos brinda para seguir encontrando, en medio del mal, experiencias concretas que nos llevan a la esperanza de justicia, paz, amor, verdad, vida, gracia y gozo en el Espíritu Santo, que es el Reino.

4.- FORTALEZCAMOS NUESTRA IGLESIA
Nuestro Objetivo Diocesano ha marcado una LÍNEA DE ACCIÓN FUNDAMENTAL: Hacer presente con María, el Reino de Dios.
Esta línea de acción nos hace ver la dirección general hacia la cual se encaminan los esfuerzos y las acciones de la Iglesia Diocesana, ya sea a nivel personal, grupal o comunitario. A imagen del Buen Samaritano, los Agentes de Pastoral de esta Arquidiócesis, tenemos que salir en de nosotros mismos para ir al camino donde se encuentran los heridos y, con entrañas de misericordia, ofrecerles la esperanza del Reino de Dios. La Misión es una gran oportunidad para hacerlo.
El Buen Samaritano, llegó a donde estaba el herido, lo contempló, sintió compasión, se acercó, le vendó sus heridas, lo montó en su cabalgadura, lo llevó a la posada; lo cuidó y prometió regresar... Así, se hace presente el Reino; y ésta es la gran LÍNEA DE ACCIÓN DIOCESANA. Examinando los Objetivos Diocesanos y de Zona, vemos cómo la Iglesia Particular de Durango, se ha comprometido en la construcción del Reino, esto es enriquecedor y al mismo tiempo constituye un gran compromiso por parte de todos.

5.- DESAFÍOS
Las bienaventuranzas del Reino no fueron para Jesús un ingenuo canto bucólico. El programa enormemente radical que ellas contienen le hizo renunciar a todo, para poder ser de todos y para concretizar en su persona el modelo de hombre nuevo creado por la fuerza divina del Reino. Su vida y su muerte fueron una profunda súplica por la única realidad en que creyó: ¡Venga tu Reino! Y Dios escuchó de modo incomparable su oración cuando, resucitándolo de la muerte, anticipó, para él y para nosotros, la llegada final del Reino. Así pues, todos los justos de la tierra, incluso los que no conocen a Cristo y a su Iglesia, y que, bajo el influjo de la gracia, buscan a Dios con corazón sincero (Cfr. Lumen Gentium, 16), están llamados a edificar el Reino de Dios, colaborando con el Señor, que es su artífice primero y decisivo.
El más grande desafío es el de la clásica relación entre fe y existencia humana, entre fe y realidad social, entre fe y acción política o, en otras palabras, entre el reino de Dios y la construcción de este mundo. Lo que está en juego es la dimensión transformadora del mundo del reino. Aquí la cuestión es: qué tiene que decir realmente la expresión reino de Dios a la situación concreta en la que nos encontramos ahora, a una situación que está marcada por la opresión y explotación absolutas. El desafío de nuestra Iglesia es mostrar el aspecto dinámico del reino. El mensaje de Jesús persigue la transformación de toda realidad más que ofrecernos nueva información e ideas sobre ello.
“¡Venga tu Reino!”. Esa invocación nos impulsa a dirigir nuestra mirada al regreso de Cristo y alimenta el deseo de la venida final del Reino de Dios. Sin embargo, este deseo no impide a la Iglesia cumplir su misión en este mundo; al contrario, la compromete aún más (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2818), a la espera de poder cruzar el umbral del Reino, del que la Iglesia es germen e inicio (Cfr. Lumen Gentium, 5), cuando llegue al mundo en plenitud. Entonces, como nos asegura san Pedro en su segunda carta, “Se os dará amplia entrada en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pe 1, 11).

6.- DINÁMICA
¿Qué es el Reino de Dios o que entiendes por Reino de Dios?
¿Qué características presenta el Reino de Dios?
¿A qué me compromete el tema que hoy hemos reflexionado?
El Reino de Dios es un regalo, pero tengo que esforzarme para que se vaya realizando en mí y en el mundo ¿Cómo voy a actuar en adelante?
¿Qué puedo hacer para anunciar y hacer presente el Reino de Dios en propia persona, en mi familia, en mi Parroquia?
¿Cómo podemos construir el Reino de Dios en los ambientes donde vivimos? Lluvia de ideas: se anotan las respuestas en un cartelón y se subrayan los compromisos más reales y factibles para el grupo.

7.- ORACIÓN FINAL
Hoy te alabamos, te adoramos te bendecimos Padre, porque Jesús nos dijo que tu Reino se encuentra, como semilla de amor y de esperanza en nuestra vida, como fermento de la transformación humana y cósmica que arranca de la muerte y resurrección de Cristo. Gracias, Señor, porque tu Reino es para tus hijos paz, justicia, amor, verdad y gozo en el Espíritu Santo. Danos tu sabiduría, la ciencia y la visión de la fe, para captar los signos de la presencia de tu Reino; y ayúdanos, Señor, a cumplir tu voluntad fielmente para que tu reinado sea fecundo entre nosotros. Amen.

8.- CANTOS
Tu reino es vida…
Tú reinaras…
Que viva mi Cristo…
Pueblo de reyes...