EL HOMBRE

 

OBJETIVO:
“Descubrir a la luz de la revelación la verdadera identidad del hombre, para despertar el deseo infinito de Dios que cada uno lleva dentro y preparar los corazones de todos los fieles de la Arquidiócesis, a recibir el mensaje de la salvación en todo su pleno sentido”.


1.- ORACIÓN INICIAL
Oración por la Misión Diocesana de Predicación Kerygmática

2.- DIOS NOS HABLA
Buscamos una respuesta positiva y adecuada a la pregunta ¿Quién soy yo? o ¿Quién es el hombre?; y habiendo dicho que nadie puede decirle al hombre quién es, sino sólo Aquel que lo ha creado, nos queda como camino la Revelación, es decir una vía vertical y relacional, en la que Dios dice al hombre quién es. La respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: “¿De dónde venimos?” “¿A dónde vamos?” “¿Cuál es nuestro origen?” “¿Cuál es nuestro fin?” “¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?”, la respuesta a las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables y son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar.
a) Dios busca al hombre y es la respuesta al interrogante sobre quién somos.
Por amor, Dios se ha revelado y se ha entregado al hombre. De este modo da una respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que el hombre se plantea sobre sí mismo, el sentido y la finalidad de su vida. Al revelarse Dios habla también del hombre y del mundo, y da a conocer su designio de salvación para el hombre.
b) El hombre un ser pensado y amado por Dios.
Porque soy pensado y amado por Dios, por eso existo. El hombre es el ser-pensado y amado por Dios y llamado a la existencia. Nuestra existencia comienza pues por la libre voluntad de Dios de amarnos y llamarnos a la existencia, pero sobre todo, en el acto soberano de querer ensalzarnos para glorificarnos.
c) El hombre es “capaz” de Dios.
De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso por naturaleza. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, “un corazón recto”, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.
d) La vida del hombre: conocer y amar a Dios.
Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre, le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En El y por El, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.
e) El deseo de Dios.
El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar, por ello, la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (Cfr. Gaudium et Spes 19,1). El hombre, pequeña parte de la creación de Dios, en el fondo pretende alabarlo, porque es Dios mismo que le incita a ello, porque nos ha hecho para él y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en él. (Cfr. San Agustín). La Iglesia tiene que hacer explícito ese deseo que todos llevamos dentro de nosotros mismos.
f) El hombre puede conocer a Dios.
El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado “a imagen de Dios”. Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de la “semilla de eternidad” que lleva en sí.
El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas “vías”, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, y que todos llaman “Dios”.
Las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana. Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra el hombre, experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su razón. Por esto el hombre necesita ser iluminado por la Revelación de Dios, a fin de que pueda ser conocido por todos sin dificultad, con una certeza firme. Para que el hombre pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación.
g) El fin del hombre es la gloria de Dios.
La Escritura y la Tradición no cesan de enseñar y celebrar esta verdad fundamental: “El mundo y el hombre han sido creados para la gloria de Dios”. Dios ha creado todas las cosas “no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla”. La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios. El hombre, y toda la creación a través de él, están destinados a la gloria de Dios.
h) El misterio del hombre se esclarece en el misterio de Cristo.
El hombre está llamado desde el inicio de la creación a ser más que una pura existencia. Es llamado a la vida divina, a convertirse en hermano/a de Cristo que nos hace capaces de participar en la vida del Dios trino. Por eso, porque el hombre tiene esta vocación desde siempre, como dice el Concilio Vaticano II: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et Spes, 22).
i) El hombre es lo que Dios ha hecho y hace de él.
Siendo creado por Dios, el hombre, debe estar abierto a la valoración que Dios hace de él, es decir, yo soy así como Dios me juzga y estoy destinado para lo que Él me ha creado. Este juicio último vendrá en la misma Palabra de Dios que es el Hijo de Dios, por eso en el Hijo el hombre esta predestinado y elegido, al designio salvífico desde antes de la creación del mundo. El hombre es lo que Dios ha hecho y hace de él, la existencia que le regala y tal como se la regala. El hombre desde siempre está llamado a la comunión con Dios y esto es lo que en definitiva le hace hombre.

3.- NUESTRO ENTORNO: LA REALIDAD
El hombre se pregunta sobre sí mismo. La antropología se ocupa, sobre todo, de la cuestión del hombre: ¿Quién es? ¿Qué es? ¿De dónde viene y hacia dónde va?
Muchos hombres, quizás nosotros mismos, preferentemente no afrontamos esta pregunta o no de modo radical. Pero no existe una vida donde se pueda evitar esta pregunta por mí mismo y por el sentido de mi existencia. La cuestión por quién soy, es una pregunta con la que el hombre está marcado irrevocablemente. Nadie puede dispensarse de ésta: «yo ¿quién soy? y ¿qué debo ser propiamente?». Todavía más, en la pregunta «quién soy yo» viene, a la vez, otra pregunta: «¿Mi yo, es verdaderamente mi yo? ¿Pertenezco en realidad a mí mismo? ¿Soy lo que debería ser en lo más profundo?».
Muchos de los antropólogos han llegado a la conclusión de no saber descifrar el misterio de sí mismos, indicando que: «El hombre supera al hombre de modo infinito». Sin embargo, este hombre exige, explícita y conscientemente, una respuesta sobre sí mismo. Es aquí donde nosotros deberíamos preguntarnos, ¿Quién puede decirle al hombre qué es el hombre? ¿Quién puede descifrar este gran misterio?
Vienen a nuestra ayuda las ciencias antropológicas (la psicología, la sociología y la misma antropología filosófica, incluso la física, la química, la anatomía, la fisiología, la entera doctrina de la evolución). Muchas respuestas hemos encontrado de todas estas ciencias, pero esta vía empírica y filosófica, ofrecen al hombre un cúmulo de descripciones “forma, figura, nombre propio, patria, afinidad, cualidad, cantidad, peso, tiempo y lugar”, etc., y la respuesta de la filosofía lleva al hombre a la conciencia de sí mismo como un ser finito, limitado y mortal. Pero ninguna vía de estas dice realmente en lo más profundo de su ser qué es el hombre, cuál es su identidad más profunda. Aún pues, permanece la pregunta ¿quién soy yo? y ¿quién puede decírmelo? La respuesta es clara, a nivel horizontal el hombre no puede decirle al hombre quien es, sólo Aquél que te ha creado, puede decirte esencialmente quién eres y para qué has sido creado.


4.- FORTALEZCAMOS NUESTRA IGLESIA

La vocación y el deseo de Dios pueden ser olvidados, desconocidos e incluso rechazados explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye ante su llamada.
Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, “un corazón recto”, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios. Por eso como Iglesia tenemos que anunciar a todos los hombres que sólo podremos entender nuestra verdadera naturaleza de hombres desde la relación con Dios, debemos dejar que Él nos diga como debemos comportarnos con las criaturas, con el hombre mismo y finalmente con nuestro Creador.

5.- DESAFÍOS
A imagen de Jesucristo y siguiendo sus huellas, debemos salir también a anunciarlo al mundo como Salvador del hombre, de todos los hombres. Como misioneros del Evangelio, actuamos en nombre de la Iglesia, experta en humanidad y cercana a los hombres de nuestro tiempo. Por eso, afianzados en el radicalismo evangélico, tenemos además el deber de desenmascarar las falsas antropologías, rescatar los valores despreciados por los procesos ideológicos y discernir la verdad. Sabemos que podemos y debemos repetir con el Apóstol: «Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, principalmente de los creyentes» (1 Tm 4, 10).
Ante las situaciones de injusticia y muchas veces sumidos en ellas, que abren inevitablemente la puerta a conflictos y a la muerte, nuestra Diócesis es defensora de los derechos del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Debe predicar la doctrina moral de la Iglesia, defendiendo el derecho a la vida desde la concepción hasta su término natural; predicando la doctrina social de la Iglesia, fundada en el Evangelio, y asumiendo la defensa de los débiles, haciéndose la voz de quien no tiene voz para hacer valer sus derechos. No cabe duda de que la doctrina social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza incluso en las situaciones más difíciles.
A ejemplo de Jesús, que ha venido para anunciar la libertad a los oprimidos y proclamar el Año de gracia del Señor (Cfr. Lc 4, 16-21), tenemos que estar dispuestos para enseñar que la esperanza cristiana está íntimamente unida al celo por la promoción integral del hombre y la sociedad.
La preocupación por el hombre impulsa a nuestra Iglesia a imitar a Jesús, el auténtico «buen Samaritano», lleno de compasión y misericordia, que cuida del hombre sin discriminación alguna. Asumir responsabilidades ante el mundo, sus problemas, sus desafíos y sus esperanzas, forma parte del compromiso de anunciar el Evangelio de la esperanza. En efecto, siempre está en juego el futuro del hombre en cuanto «ser de esperanza».

6.- DINÁMICA
¿Quién puede decirle al hombre quién es?
¿Las ciencias empíricas, la filosofía, la sociología, la psicología descubren realmente el misterio del hombre cuando son fruto del mismo hombre?
¿Qué dice Cristo acerca de nuestro origen y nuestro fin?

7.- ORACIÓN FINAL
Creo, Jesús...
Creo que he sido creado por ti y para ti; creo que me elegiste sólo por amor, que me has soñado con grande ilusión, que me llamaste conociendo hasta el fondo de mi corazón. Creo que tu amor es eterno, que no te arrepientes jamás. Creo que soy pensado y amado por ti y que por eso existo. Creo que tú me has dado más de lo que nunca jamás espere; creo que ni mis pecados harán que me dejes de amar. Creo que en mi historia eres camino, vida, y verdad, puedo confiarte mi vida en abandono total; creo que en todo tiempo y en todo lugar has estado cerca de mí. Creo que mi vida se entiende tan solo si tú estás ahí; contigo todo se explica, nada se entiende sin ti, y que lo que has iniciado llevarás a su fin. Creo que me llamas y me ayudas a buscarte. Conocerte y amarte con todas mis fuerzas y aunque se agote el caudal de mis ingratitudes y mi terquedad se que el caudal de tu amor no se agotará. Creo que tu misericordia hará lo imposible y me alcanzará, creo que tu amor incansable, amor tierno y grande, al fin triunfará.

8.- CANTOS
Yo no soy nada...
La arcilla...
Yo pensaba...